La Sociedad de Papel Continuo De Rascafría y el Correo Interior de Madrid. Un Franqueo Rectificado

Por Julio Pascual Santos
Miembro de la Sociedad Filatélica de Madrid

La fabricación de papel tuvo un carácter artesanal en España hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando se empezó a obtener en gran cantidad utilizando como materia prima la madera.

Hasta esa época se fabricaba empleando trapos viejos que se dejaban pudrir en el agua, se batían y se trituraban en un batán compuesto por unos mazos de madera accionados por una rueda hidráulica. La pasta obtenida se extendía sobre bastidores formados por tamices metálicos que permitían que el agua escurriera dejando una hoja blanda que se colocaba en un fieltro muy seco. Después se apilaban las hojas y se prensaban, encolándolas tras sumergirlas en un baño de gelatina o cola de hueso[1].

Hasta principios del siglo XVIII, casi la totalidad del papel que se utilizaba en España procedía de Italia y Holanda. Entonces empezó a fomentarse este tipo de industria, concediéndose franquicias y privilegios a los que instalaran molinos de papel. Desde el 1 de enero de 1725 se estableció la obligatoriedad de que todos los impresos, libros, memoriales, etc. se hicieran con papel fabricado en España, que era de buena calidad, aunque menos blanco que el italiano. Durante los siglos XVIII y XIX funcionaron molinos de papel en varios pueblos de la provincia de Madrid.

QuijoteLa materia prima que se necesitaba en estos molinos, los trapos, procedía en buena parte de la capital. En Madrid existieron hasta avanzado el siglo XX los traperos o basureros que desde los barrios de la periferia se desplazaban diariamente antes de amanecer con sus carros tirados por caballerías hasta la capital para recoger los desperdicios que se generaban en los domicilios de los vecinos. Una vez terminada la recogida, a las nueve o las diez de la mañana, regresaban a sus casas situadas generalmente en Tetuán de las Victorias, la Ventilla, los Carabancheles, las Ventas del Espíritu Santo, etc. y se dedicaban a clasificar la mercancía, que luego vendían en las traperías (a finales del siglo XVIII eran 40 en Madrid). Los almacenistas facilitaban los trapos guardados en sacos a los molinos de papel.

El principal molino de papel que funcionó en la provincia de Madrid hasta mediados del siglo XIX fue el de Rascafría. El molino que llamaban «de los batanes» ya existía unos años antes de 1390, año en el que fundó el rey Juan I de Castilla en sus proximidades el monasterio de El Paular al que perteneció. En el siglo XVI era muy utilizado el papel que se obtenía en este molino por su buena calidad. Con él se imprimió en 1605 la primera parte del Quijote en el taller de Juan Cuesta, situado en la calle de Atocha de Madrid.

En 1824 se transformó el molino en una fábrica de papel con seis cilindros que elaboraban 68 resmas (fardos de 500 pliegos) diarias y daba empleo a 30-40 operarios[2]. Tras la reestructuración provincial de 1833, Rascafría, que hasta ese momento había pertenecido a la jurisdicción de Segovia, pasó a formar parte de la provincia de Madrid.

La fábrica pasó a ser propiedad de una compañía anónima que en 1860 llevó a cabo una reforma en su reglamento y estatutos, aceptada por el gobernador de la provincia, puesto que «se proponía la confección de un producto reconocido ser escaso en el país y de necesidad su desarrollo»[3]. Era la “Sociedad de papel continuo de Rascafría”, formada por un capital social de 1.800.000 reales dividido en 900 acciones de 2.000 cada una[4]. Tenía almacén en Madrid, con sede en la calle Arenal nº 21. Perteneció luego a otros dueños y se cerró al canalizarse el río Lozoya para surtir de agua a Madrid y considerarse tóxicos los vertidos al río a su paso por la fábrica.

Carta con membrete de la Sociedad de Papel Continuo de Rascafria

Presentamos una carta con membrete de la SOCIEDAD DE PAPEL CONTINUO DE RASCAFRÍA fechada en Madrid el 11 de febrero de 1867 dirigida al Sr. Guillermo Sanford, ingeniero maquinista, con domicilio en la calle Real N.º 7 del barrio de Chamberí, en Madrid.

La Sociedad de Papel Continuo. Foto detalleEn ella, los administradores de la sociedad le reclaman al ingeniero un pedido de cuchillas necesarias para la fabricación de papel, que debían enviar desde Londres, y no llegó en el plazo convenido. La carta inicialmente fue franqueada con un sello de 4 cuartos azul, vigente en ese año para cartas de un porte en el territorio nacional. Ya que la intención era que circulara por el correo interior de Madrid, el remitente se da cuenta de que la tarifa en el interior de las ciudades era la mitad, solo 2 cuartos, y en lugar de darle curso, decide arrancar el sello de 4 cuartos (ver foto-detalle) y adherir el correcto de 2 cuartos encima del membrete, que acaba siendo anulado por una contundente parrilla con el 1, matasellos habitual en ese momento.

Membrete

Membrete de la
SOCIEDAD DE PAPEL CONTINUO DE RASCAFRÍA

La Sociedad de Papel Continuo. FechadorEn el frente de la carta se estampa también el fechador de correo interior del mismo 11 de febrero, de la recogida de las 6 DE LA TARDE, última de la jornada.

Resumimos los horarios de recogidas de cartas del correo interior de Madrid en el periodo 1858-1870 según la revisión que hemos hecho de unas 120 cartas de nuestra colección y los estudios de Jesús Sitjá[5]:

MAÑANA TARDE
Julio a diciembre 1857 8 1, 4 y 6
Enero a octubre 1858 71/4 y 11 2 y 6
Octubre 1858 a junio 1864 8 y 12 4 y 6
Junio 1864 a 1870 8 y 12 3 o 4 y 6

 

[1] Alejandro Peris. Los viejos molinos de papel madrileños. Biblioteca virtual Miguel de Cervantes.  https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/los-viejos-molinos-de-papel-madrilenos-783901/html/

[2] Pascual Madoz. Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar. Madrid, 1847, Tomo XIII, página 375.

[3] Archivo de Villa de Madrid. Secretaría 4-219-16.

[4] Miguel Gutiérrez Poch. La industria papelera española (1840-1936). Una estructura empresarial diversa. Girona, Universitat de Barcelona, 1997. pág. 5.

[5] Jesús Sitjá. Marcas del correo interior de Madrid. Academus nº 8, diciembre 2004, págs. 73-88.

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